lunes, 22 de marzo de 2010

Historias de la Hahnenstrasse: El día que Jean Paul Sartre derrotó a J.D. Salinger






Las experiencias infantiles condicionan, hasta un punto superiror al que cualquiera imaginaría, la posterior existencia y desarollo del individuo. Esto no es la repeteción de otro post de este blog, sino algo que tiene toda la pinta de convertirse verdad absoluta y, de ahí, ser elevado a dogma. Lo cierto es que cuando tenía la dulce edad de trece años, apareció un día mi Señora Madre por mi cuarto y decidió que era el momento ideal para que madurase. A tal efecto, me entregó un libro que, según lo que ella me dijo, marcaba el paso de infancia a adolescencia-mundo adulto: El guardián entre el centeno. La novela en cuestión no me impresionó tanto como a otra mucha gente, pero en cualquier caso sí lo hizo aquel formalismo, quizás algo pomposo, de la entrega y que aquella obra te hiciese crecer.

Dejando de lado a Salinger, lo cierto es que varios años después se demuestra que aún me faltan las necesarias luces que la literatura debería traer. Y, cualquiera la razón, jamás ví lo que tenía delante. No sería por falta de pistas, pero nunca tuve en cuenta que mis compañeras de piso tienen una educación bastante francesa. Primero llegó a la Hahnenstrasse (armoniosa casa que comparto con Alemana&francesa) un microondas que ellas trajeron. Pequeño lujo para ser estudiantes, pero algo pasable. Posteriormente una máquina que sólo servía para calentar pizzas (de ahora en adelante, calienta pizzas). Ocupaba considerablemente y su utilidad es bastante cuestionable teniendo un horno y el ya mencionado microondas. Y, cuando parecía, que semejante racha consumista de aparatos de cocina iba a acabar, se empeñaron en comprar(se) un aparato para fundir queso y hacer raclette. También de proporciones nada despreciables.

Mi falta de luces o tontería quedó patente hace pocas semanas, cuando mi compañera de piso alemana celebró su cumpleaños con una fiesta organizada en nuestra casa. A tal efecto, invitó a varios niños guapos de su curso. Estudiantes de Derecho: dos años en Colonia, dos años en París. Políglotas y afrancesados. Algunos de ellos quizás acaben siendo catedráticos de Derecho Administrativo. El resto era gente interesante: gente que ha estado en Israel trabajando en obras sociales tras acabar el bachillerato, otro que lo hizo para la Iglesia y un amigo de ella, parecido a Jean Paul Sartre. También estudiantes de medicina de Heidelberg (universidad por excelencia y de excelencia alemana). Así hasta llegar a unos quince o veinte.



Como invitado me tocó pensar en qué podía regalarle. Esas cosas son difíciles. Tras pasear un buen rato por Mayersche, librería-centro comercial de Colonia sin demasiado encanto (pese a tener entre sus estanterías un ¡Hola! que me sirvió para contemplar, aliviado, que Isabel Preysler sigue viva) me encontré con "El guardián entre el centeno". Salinger acababa de morir hacía unos días. Si a lo que mi Señora Madre me había dicho (es un libro que te hará madurar. Marca el paso de una edad a otra) se le sumaba el oportunismo, bastante evidente, del reciente fallecimiento del autor, aquello se planteba con el regalo perfecto. Problema solucionado.

El cumpleaños se desarrolló según lo esperado: bebidas no alcohólicas junto a unos cuantos de barriles de cerveza. Junto a eso, kilos y kilos de comida. Evidentemente, la máquina de las raclettes estuvo presente, porque para eso se compró. Ocasiones de gala como esta lo merecían. Fundíamos queso que posteriormente se vierte sobre patatas cocidas, sandwiches o cualquier otra cosa comestible.

Mediado el cumpleaños, llegó el momento más esperado: la apertura de regalos. Todos los presentes apilados, Salinger no podía fallarme. Primer obsequio: un cheque para una cena. Tras eso, una película, un libro de Anna Gavalda. Estaba hecho. Ninguna de esas cosas podría tener el efecto marca-el-paso-de-una-edad-a-otra de lo que yo había comprado. Salinger caballo ganador. Cogió mi regalo. Lo desenvolvió. Otro libro más. Un tal Salinger debió pensar. Agradecimientos de rigor por su parte y, después, el silencio. Tras eso, la más pura soledad. Intenté decir que el autor acababa de fallecer, pero ni siquiera el oportunismo salvó el hecho de que fuera otro libro más. Abrió más cosas. Quizás algún libro más. Salinger había fracasado. Tenía toda la pinta de que aquella novela cogería polvo en cualquier estentería. Salinger mordió el polvo.

¿Qué había salido tan mal? Mientras yo estaba sentado al borde del sofá intentando responder a esa pregunta, mi compañera alemana de piso abrió su último regalo. Y todos los niños tan guapos como afrancesados (que según cifras oficiales eran todos menos yo) enloquecieron. Prorrumpieron en dulces gritos como "C´est magnifique", "Mervellieux" o "Wunderbar". ¿De qué se trataba? Había descubierto el obsequio de su amigo bastante parecido a Jean Paul Sartre, que consistía en unos pequeños posahuevos.



Era la típica cosa de cocina que casi nunca se utilizaría. Y entonces lo ví claro, entendí que los afrancesados de ellos sentían una deliberada pasión por los instrumentos de cocina, por muy escasa utilidad o uso que tuvieran. No sólo los posahuevos, sino también el calienta-pizzas, la máquina de las raclettes y otra sartén que sólo servía para preparar crepes. Cosas que a alguien que cocina más que ellas como yo, le causaban bastante indiferencia al no encontrarles demasiada aplicación, pero que a ellos les maravillaba. El mundo francés y parte del alemán siente pasión por las pijaditas en el mundo de la cuisine.

¿Y mi relación con mis compañeras de piso? Parecía que habían perdonado mi torpeza, mi escasa capacidad de abstracción al no ver lo que tenía delante de mis narices haciendo un regalo erróneo. Lo cierto es que el otro día hicieron quiche lorraine, invitaron a algún que otro amigo a ello, entre los cuales estaba el que se parece a Jean Paul Sartre. Y, pese a que me preguntaron si podían hacer uso de mi queso rallado, lo cierto es que no fuí invitado. Nunca Sartre estuvo tan de moda, nunca Salinger cayó tan bajo.

Fotos: Portada del libro en cuestión. Jean Paul Sartre por Cartier Bresson y posahuevos cualquiera.

Nota marginal: Estamos buscando políticas activas para luchar contra el Spam que nos invade en forma de comentarios prometiéndonos aparatos que nos harán crecer el pene, matrimonio con princesas rusas o millones de dólares en segundos. Aunque suena bien, estamos dispuestos a escuchar a la Sinde para que nos aconseje. Lo de la censura le va.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La eclosión del trauma

4 de Noviembre de 1995.

Un hiperactivo e irritante muchachuelo de menos de diez años corretea por la casa después de cenar. Sus padres, exasperados, miran con ansia el reloj, que parece no marcar nunca la hora clave, la hora que hará que esa ciclogénesis explosiva se calme por un rato. Frente al televisor, el chavalín abrirá los ojos, descolgará el labio inferior y se preparará para ver, contemplar, uno de los programas más grandes que ha dado la historia de la televisión española: La noche de los castillos.


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El programa, que debía de tener un presupuesto del copón bendito, se desarrollaba cada semana en un castillo de la geografía española. La mezcla de ingredientes era digna del genio que inventó el Daiquiri (blues). En primer lugar, tres parejas echaban una carrera en todoterreno hasta la puerta del castillo. El camino, por supuesto, estaba trufado de distintas pruebas. En cualquier caso, la primera parte era un poco coñazo. Pero la cremita buena llegaba en la segunda parte del programa: la pareja que hubiera llegado primero al castillo tenía la misión de rescatar a la hija del Rey Folof (interpretado por Anthony Queen, ni más ni menos), que había sido secuestrada por el malo malísimo Thorque. La princesa cada semana era distinta y según leo en wikipedia, la única y más fiable fuente de información en el mundo mundial, fueron princesas señoritas como Sofía Mazagatos, Norma Duval, María Adánez, Anne Igartiburu o, sí, Leticia Sabater.

A partir de ahí comenzaba una aventura, que, desde luego, hacía volar mi ya exacerbada imaginación: la curiosa mezcla de ambientación medieval aderezada con varios anacronismos intencionados poco parecían importarme. Los distintos habitantes del castillo retaban a los concursantes con acertijos, encargos, objetos misteriosos. Los concursantes, por su parte, debían salir del paso con la ayuda de unos discos que indicaban la dirección en la que se encontraba la princesa, un mini ordenador portátil que llevaban enganchado al pecho con velcros... Además, tenían que recolectar todo el oro que pudieran, ya que al final de la fase había que fundirlo para crear la enorme llave con la que se abría la celda de la princesa. Existía un tiempo límite antes de que ésta fuera ejecutada, por lo que la tensión siempre estaba en el aire, aumentada por las apariciones esporádicas de Torque, acompañadas de una música y efectos de sonido que me acojonaban cosa fina. Eso sí, era más lento que su caballo (el del malo) y pocas veces cazaba a los concursantes.



Los seis primeros minutos de programa, en los que se explican más o menos todas las fases del mismo.


En resumen, mi afición por este programa fue tan obsesiva que comencé a pedir libros sobre castillos, que memorizaba mejor que los estadios de los equipos de fútbol (lo habitual en los niños de mi edad): Loarre, Belmonte, Coca, Manzanares del Real, qué míticos eran, joder. Además, obligaba a mis padres a desviarnos en vacaciones para ver algún castillo que pillara de paso, mi madre llegó a fabricarme un miniportátil con papel (y era acojonante) y mi abuelo me regaló la llave más grande que encontró por casa, haciéndome el niño más feliz y proto-friki del planeta. Y sí, yo jugué a esto en el patio del cole.


Programa de 2 horazas completo, por si alguien se aburre y le entra la vena nostálgica.


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4 de Noviembre de 1995. Más tarde.

Pero esa noche, los padres de nuestro joven y aventurero protagonista, no sabían que la caja tonta no sólo no iba a amansar a su fiera, sino que iba a causarle un trauma de por vida, una herida aún no cicatrizada, un portal al infierno mal cerrado. El incómodo silencio de la sospecha reinaba en la sala hasta que una música de telediario se escuchó: avance informativo. Isaac Rabín, Premio Nobel de la Paz israelí y uno de los principales impulsores del diálogo con Palestina, había sido asesinado, precisamente por un ultraortodoxo judío, al que no le hacía gracia eso de "la paz". El llanto de desolación del niño fue descomunal, no porque estuviera concienciado respecto a Oriente Medio, sino porque se daba paso a un programa informativo especial y, por lo tanto, no se iba a emitir La noche de los castillos, la peor noticia posible, el apocalipsis, el mineralismo.

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27 de Febrero de 2010.

El niño, ya algo mayor, pero todavía niño, al menos mentalmente, contempla el Castillo de Ross en el Parque Nacional de Killarney, que le maravilla y a la vez le hace recordar, por primera vez en mucho tiempo, el amargo incidente de 15 años antes. Entonces comprende que de aquello surgió, a la vez, su pasión por los castillos, su antisemitismo extremo y la profusión de esvásticas en su blog. Él rencor acumulado en su corazón permanecerá inmutable hasta el fin de los tiempos. A no ser que repongan el programa, claro. Y que desaparezca el estado de Israel, ya que me pongo. Mierda, se me ha olvidado la tercera persona.

¡Corred, que matan a la princesa!

domingo, 7 de febrero de 2010

LA SOCIEDAD DEL SUPERMERCADO. CAPÍTULO II La lucha de clases.


A poco que lo examinemos, caeremos en la cuenta que el Erasmus es un elemento más de la sociedad low cost. De esta manera, viajamos y nos metemos todos los días en la página de Aire Ryan para descubir nuevas ofertas con las que hacer turismo pagando poco. Nada más llegar y encontrarnos con nuestra habitación desnuda, acudimos a IKEA para comprar aquello que echamos en falta porque sabemos que allí los muebles son baratos. Lo cual tiene una consecuencia concreta: la lámpara Duderö, perteneciente a la multinacional sueca, está en todo dormitorio de estudiante que se precie. Más aún, influenciado por esta corriente de bajo coste, acudí uno de los primeros días de mi estancia en Alemania a Mayersche, librería-centro comercial de Colonia, donde compré "Nada" (Carmen Laforet) porque me apetecía leer algo en español y su precio era más bajo que otras novelas. El resultado fue digno de lo low cost; barato y decepcionante.

La concepción low cost del mundo se lleva también al supermercado. Los propios alemanes entendieron esto bien desde hace ya bastante tiempo. Los hermanos Albretch crearon una cadena de tiendas donde se puede comprar productos básicos a precios muy baratos ¿Cómo lo hicieron? Se ofrecían pocas cosas y no se cuidaba mucho la presentación. Han conseguido de esta manera colocar a su empresa, Aldi, entre las más pujantes del sector y ser ellos parte de las mayores fortunas de Europa.

Rajoy, como buen gallego, prefiere los pimientos de Padrón que venden en el Lidl.

El tema de la compra alcanza una importancia nada desdeñable al irte de casa cuando, indignado, descubres que la nevera no sólo no se llena por sí misma, sino que además es tu responsabilidad ocuparte de lo que en ella hay. A diez minutos de mi casa se encuentra un Lidl, que es esa cadena de supermercados también low cost y que comparte el espíritu ya citado de los Aldis. La mayor parte de los productos son realmente baratos, como las tabletas de chocolate Milka de oferta a 55 céntimos. Al ser en Alemania la preocupación por el medioambiente mucho mayor que en España, se ha desarrollado la etiqueta verde, respetuosa con el entorno natural. Hay así huevos ECO puestos por gallinas concienciadas con el crecimiento sostenible. Son estos productos ecológicos los únicos en los que el precio se sale un poco de lo normal.

El supermercado tiene también importancia desde el punto de vista formativo cuando acudes a él acompañado. Aprendes así que los polacos miran con puritano escepticismo (quizás razonado) los productos light: desconfían del queso light y de la leche desnatada. Además, si yo estaba profundamente ilusionado y maravillado con los yogures alemanes (siento una especial pasión por el de tarta de queso con trocitos de naranja), ellos han contribuído a que semejante imagen idónea se desmorone: los yogures polacos son mucho mejores. Punto final a cualquier debate que se pueda suscitar al respecto.

Como afirmaba, el precio y la proximidad del supermercado, son los criterios que guían mis compras. Lidl manda. Al haber contribuído la inauguración de un Eroski en mi barrio de Valladolid a la cohesión social, nunca me habían planteado que el gastar en un sitio y no en otro pudiera conllevar diferencias sociales significativas. En realidad, esa muestra de ingenuidad duró hasta que un día, volviendo a mi casa alemana, me econtré en el metro a una erasmus inglesa que me explicó que a ella jamás de los jamases se le ocurriría ir al Lidl. Haciendo gala de una de las grandes aportaciones británicas al mundo, el clasismo, me explicó que eso era para los de la clase baja y que ella, que pertenecía a la middle class, se iba al REWE; esa tienda que hay cerca de donde vivimos, donde hay mayor oferta, orden, limpieza, los precios son más altos y, sobre todo, es improbable que aparezca alguien de la clase baja. Esa tienda donde el tomate frito es mucho más caro que en cualquier otro sitio.


Rajoy, como buen defensor de la clase media, promete una bajada del precio del tomate frito para cuando sea Presidente del Gobierno.

Lo cierto es que, no conforme con lo anterior, me dijo que en Inglaterra también hacía lo mismo. Que aunque tenía una tienda cerca de su casa, prefería recorrerse dos kilómetros y medio cada vez que iba a hacer la compra para no coincidir con aquellos que tenían menos recursos. Obviamente, yo no tenía la intención de herir su autoproclamada pertenencia a la clase media, ni de dar ejemplo, ni de nada. Por eso no le dije que en mi barrio vallisoletano gitanos y no gitanos no sólo gastamos en el mismo sitio, sino que además comemos en el mismo modelo de plato proporcionado por Eroski. A fin de cuentas, con regodearse en lo que estaba contando era suficiente.

Nota marginal: Los exámenes han forzado que escribamos menos aún que de costumbre. Pero no se preocupen, a partir de ahora lo haremos con más frecuencia y si no, ya nos inventaremos una excusa suficientemente buena con la que cubrirnos.

Fotos: Lámpara en cuestión. Líder de la oposición haciendo de verdulero en las otras dos. Bueno, en la última en realidad está dando un discurso.

jueves, 21 de enero de 2010

LA SOCIEDAD DEL SUPERMERCADO. CAPÍTULO I Eroski logra el socialismo.


Jerzy Buzek es un señor polaco de 69 años con pelo blanco y que, inicialmente, fue ingeniero químico de profesión. Probó el chocolate por pimera vez al finalizar la II Guerra Mundial, cuando un soldado se lo ofreció. Tuvo el privilegio de estudiar en Cambridge y de allí se llevó varios libros que en su país estaban prohibidos. Actualmente es presidente del Parlamento Europeo. Según lo que él y cualquier persona de su nacionalidad afirman, la Iglesia católica jugó un papel importantísimo, no sólo para liberar a su país de la dictadura comunista a la que estaba sometida, sino también a la hora de aglutinar a las masas y dar una sensación de movilización y unidad social.

Unos cuantos kilómetros más al sudoeste, en Francia, la escuela cumple una función educativa y, además, se pretende que cumpla un objetivo como es el de la mezcla de clases y que ello contribuya a un sentimiento de pertenencia a una sociedad. Para realizar este propósito hay un mapa escolar que obliga a los alumnos a inscribirse en los colegios más próximos a sus casas. Ciertos sectores del Partido Socialista Francés ven en esa carta la plasmación de varios principios republicanos y a cada mención de reforma de la misma, ponen el grito en el cielo.

Extrapolando estos dos elementos aglutinadores sociales (iglesia y escuela) al barrio donde vivo de Valladolid, podemos proclamar el más absoluto fracaso de ambos. Ya desde un punto de vista estético supone la parroquia un atentado contra la dignidad (idea con bastante influencia del cristianismo, por cierto). Si observamos quién va a las misas, comprobaremos que la edad media es alta tirando a muy alta, pese a que mi estimada abuela pretenda convencerme diciéndome: "si está llena de guajes como tú, fíu" (eso en teoría es bable). Que la juventud española no es la polaca, para bien o para mal, es algo que he aprendido tras varios meses de erasmus en Colonia con varios amigos de allí.

El papel de la escuela republicana francesa de fraternité, igualité y de mezcla de clases tampoco se cumple en mi barrio completamente. En el instituto público al que fuí coincidíamos todos, sí. Pero sólo los que íbamos allí. Hubo padres que o bien porque confiaban en que su hijo estaría más cerca de Dios si lo llevaban a los Hermanos Maristas, o bien porque simplemente no querían que se juntase con gitanos, huyeron de la educación pública. Obviamente, a nadie con un mínimo sentido común, se le ocurriría pensar que la forma en que se impartía la materia o el contenido mismo de lo explicado, iba a ser mejor en los Maristas que en otro sitio.

Fracasadas dos Instituciones como Iglesia y Escuela en lo relativo al aglutamiento y unidad social, cabe acudir pues al Estado. No, olvídese, mejor no. Construyeron un centro cívico pero el ayuntamiento no tiene dinero para abrirlo. Mala suerte, otra vez será. ¿Qué me dice, amigo, de las asociaciones de vecinos? Bueno, es cierto, son voluntariosas, pero organizan fiestas y muy poca gente va (el folklore castellano y yo nos llevamos francamente mal). Nadie se atreve a sacar el orgullo de barrio.




Y sin embargo...¿Podemos decir que es un barrio desangelado, donde no hay un maldito punto común o algo por el estilo, donde a los que viven allí no les une absolutamente ninguna institución clásica de las ya mencionadas? Pues no. Podemos hacer referencia a las pistas de fútbol y baloncesto, pero el verdadero centro neurálgico lo decidieron unos empresarios. Y, para demostrar que los vascos nacen donde quieren, los señores gestores de Eroski-Consumer (antes eran algo similar, ahora no sé. El libro de estilo de Cerveza Amarga prohibe investigar durante más de cinco minutos) decidieron ubicar hace unos seis años el único supermercado de la zona no en un sitio cualquiera, sino nada más ni nada menos que junto al edificio de la iglesia que, como ya he comentado, lesiona la muy cristiana Dignidad, la vista y el orden estético. De tal forma que los feligreses pueden ir a misa el sábado, aparcar el coche en el parking del establecimiento y de paso hacer la compra para toda la semana. Religión y capitalismo nunca se llevaron tan bien.

No contentos con hacer que el supermercado fuera el centro del barrio, el lugar donde confluímos todos, el verdadero y único elemento algutinador, los señores de Eroski-Consumer se dedicaron a repartir platos de cerámica durante las primeras semanas tras su inauguración. Todo a modo de promoción. ¿Qué consiguieron? Que TODOS los de la zona, cualquiera su clase social (alta, media o baja), gitanos o no gitanos, inmigrantes o de donde fuesen, acabásemos con el mismo modelo de plato entre las estanterías de nuestro hogar: de barro, pintado de blanco y con adornos azules. Por eso, si usted acude a cualquier casa de Huerta del Rey, verá que todos tenemos la misma vajilla.

En realidad, lo que Eroski-Consumer consiguió fue algo muy distinto. Lograron algo que ni siquiera se habían planteado: uno de los principios del socialismo más puro y duro, la homogeneización social y sensación de grupo a través del supermercado y de la vajilla. Y el capitalismo y la cerámica, unidos por una empresa vasca, realizaron lo que ni la Iglesia, ni la Escuela, ni el Estado, ni las asociaciones de vecinos ni nadie había logrado hasta ese momento.

Nota Marginal: Llegará la segunda parte, pero pedimos paciencia porque son malas fechas y a veces nos toca hasta estudiar. Sí, sí, yo también lo encuentro indignante, no hace falta que me lo digan.
Fotos: Un señor de pelo blanco, también polaco, pero que no es Jerzy Buzek. En la segunda foto, vajilla como la de Eroski pero que no es la de Eroski.

viernes, 8 de enero de 2010

Puñalada trapera (II): Irlanda católica

Terminamos con esta traición a Irlanda por la espalda, no porque ya sólo queden cosas buenas que comentar, sino porque mañana vuelvo allí (si las nieves y los aeropuertos lo permiten, que la cosa tiene mala pinta), y está muy feo eso de ir a casa de alguien e insultarle. Muy feo y muy caro, según parece.

Resulta que Irlanda es uno de los países más hiperultramegamastercatólicos del mundo, quizá por detrás de Polonia (país del que sabe jugosas anécdotas el compañero Vázquez). Pero no voy a engañar al avispado lector. Podría realmente buscar esa Irlanda que me esperaba, podría forzar la historia, decir que me obligan a ir a misa, que rezamos antes de las clases, que religión me computa para la nota final... pero no sería cierto. Debo admitir que, al contrario que en la entrada anterior, no he visto nada excepcionalmente anormal que no haya visto en España, quizá porque no me gusta frecuentar esos ambientes: muchas calles con nombre de santos, muchas iglesias, crucecitas y blabla. Lo más remarcable quizá sea que en el propio campus de la universidad haya una iglesia (en la que, como es natural, se celebran bodas y esos actos de los que gustan los católicos), y aún así como anécdota es bastante pobre, ya que me he enterado de que hasta la Universidad de Burgos tiene servicios religiosos.

En este momento el lector estará desolado: se esperaba una cuantiosa descarga de adrenalina, unos insultos más o menos irónicos, ataques inteligentes... y se encuentra con un coñazo de tio que no ha visto - no ha sabido ver- la ultrareligiosidad de Irlanda y que encima no se atreve a cruzar la delicada frontera de lo politicamente incorrecto. ¡No nos aburras, pesao!

Lector medio a estas alturas de texto. ¡Y lo que queda por debajo!

No pasa nada, si en el trabajo de campo no hemos encontrado evidencias sólo hace falta saltar de nivel. Si nos centramos en lo político, o más concretamente, lo legislativo, sí que podemos encontrar material bastante descacharrante derivado de nuestro querido catolicismo. Me pregunto cuánta gente se habrá borrado al leer la palabra "político". Sigamos.

Para empezar, el divorcio es legal en Irlanda sólo desde 1996. En efecto, hasta a España llegó antes (para disfrute de Álvarez-Cascos), y eso que son una "democracia" desde hace bastantes más años. Para seguir, el aborto es ilegalérrimo, no quieren ni oír hablar de ello. Creo que hay algún caso muy muy muy muy pero que muy excepcional en el que el aborto está contemplado, pero me imagino que tendrá que ver con alineación de planetas o eclipses imposibles. Resulta curioso que cuando se votaba el ya comentado referéndum para aceptar o no el Tratado de Lisboa, Irlanda estaba especialmente preocupada porque temía que las normas comunitarias le obligaran de alguna manera a aceptar el aborto (que no sé si es común en toda la Unión Europea). En cualquier caso, el referéndum salió no, y para que accedieran a realizar la segunda consulta presionaron bastante para que les dejaran a) mantener un delegado suyo nosedonde (hasta aquí llega mi información) y b) mantener sus propias leyes sobre el aborto. Y la UE aceptó estas exigencias, ojo. Esto lo sé no porque me haya documentado, que ya conté que en este blog jamás nadie lo hace, sino porque me dieron un panfleto a favor del SÍ en el que lo explicaban. Me hizo gracia el tono del texto en cuestión: "¡Tranquilos! Votar SÍ al Tratado de Lisboa no significa votar SÍ al aborto!". Y ganó el SÍ, como todos saben, y el aborto siguió prohibido y las hijas de padres acaudalados tuvieron que irse a Londres, como en tiempos de Paco.

Ingeniosa viñeta que nos recuerda que la iglesia católica irlandesa también ha tenido ciertos "problemillas" relacionados con la pederastia.

Pero lo realmente divertido ha llegado este año, el mismo uno de enero de 2010. Resulta que ha entrado en vigor una nueva ley que convierte la blasfemia en delito. Hasta 25.000 euros por blasfemar, dice El País en ese enlace (de ahí lo de "caro" que comentaba en el primer párrafo). Tranquilos, no corran a mirar su calendario, seguimos en el S.XXI (lo cual, visto cómo está el mundo, no significa gran cosa). Se acabó el gritar "¡Me cago en Dios!" o "¡Jesús, cobarde, gallina, capitán de la sardina!". En realidad, si lo piensas bien, es una ley absurda, ya que absolutamente todos son blasfemos en uno u otro sentido: el católico para el musulmán por por no pensar que Mahoma es su profeta, el musulmán para el católico por no admirar al Papa como máximo exponente de Dios en la tierra, y yo para todos por no creer en historias fantásticas excepto en las de Roald Dahl. Y así sucesivamente. Afortunadamente, hay gente sensata en la isla, como los de Atheist Ireland, que han denunciado la estupidez de esta ley y se han atrevido a hacer lo que yo todavía no he hecho en este texto, es decir, transgredir y provocar, publicando 25 citas blasfemas de diferentes personas (entre ellas, Jesuscristo y Mahoma, cielos). Había pensado que sería genial cerrar el texto con unas palabras de la pesada de Björk que terminan con un contundente "fuck the Buddhists", pero he reflexionado y creo que, para no romper este tono de aburrida corrección política, será mejor concluír con Salman Rushdie, el resto que los lean los lectores por su cuenta.

“The idea of the sacred is quite simply one of the most conservative notions in any culture, because it seeks to turn other ideas – uncertainty, progress, change – into crimes.”

Nota. A partir de mañana, si todo va bien, volveré a estar en Cork, así que se dan por concluídas las "blasfemias contra Irlanda". Si algún irlandés pregunta, no he sido yo.

lunes, 4 de enero de 2010

Puñalada trapera (I): Irlanda irlandesa

Ya en España, habiendo superado la letal mezcla que conforman el turrón, las comidas copiosas, el cava y el Almax (de ahí mi nisesabeava ausencia), me propongo hacer un ejercicio de abstracción afectivo-sentimental, estando en la distancia, para analizar de una forma más crítica y objetiva ciertos aspectos del país en el que he estado 3 meses (y volveré a estar otros cuasi-seis), Irlanda. Lo que, traducido, y fiel a la tradición de este blog, significa que voy a aprovechar que no estoy allí para ponerles a caldo desde mi cálida habitación ibérica. Eso sí, en cuanto pise de nuevo el aeropuerto de Cork forzaré mi más ensayada sonrisa y no veré el momento de pedir otra Guinness. Me gustaría centrarme en un par de los aspectos que más me chirrían de la Isla Esmeralda, que es como muchos la llaman sin darse cuenta de que parece que se refieren una pantalla de Pokemon.

En primer lugar, Irlanda es un país eminentemente nacionalista. O sea, son irlandeses, pero irlandeses, irlandeses, irlandeses. Y están orgullosos de ello hasta límites insospechados. Tienes continuamente señales que te lo recuerdan: los pubs, la música, los mitos, los monumentos, los deportes, las materias en la universidad... incluso la campaña publicitaria del Dunnes Stores, una cadena de centros comerciales, reza: "The difference is... we're Irish", en clara contraposición a Tesco, otra firma británica. Y precisamente este ejemplo puede extrapolarse para comprender qué es lo que en realidad pasa, ni más ni menos: Irlanda es un lugar que ha sido durante siglos, literalmente, el patio trasero del Reino Unido, y su cultura milenaria (y no es una exageración esto de milenaria), ha sido pisoteada, humillada, ignorada, vilipendiada, eteceada, con tan sistemática eficacia que algunos que yo me sé se lo pensarían dos veces a la hora de utilizar la palabra "opresión".


Llevo un rato fascinado con el descubrimiento de esta imagen. Ansío volver para que alguien me la explique. Clic para ampliar.

Esto, lamentablemente, me crea un grave conflicto interno, ya que, por una parte, no puedo evitar sentir simpatía por ellos y su "nacionalismo como forma de resistencia", resistencia a un enemigo que por cierto aún sigue ahí en el Norte. Además, me parece estupendo que se haya conseguido resurgir o mantener una cultura (todas son valiosas, salvo las excepciones que en este blog se indiquen, y no en otro lugar): la música tradicional está en todas partes y gusta, los deportes autóctonos (futbol gaélico y hurling) son, con diferencia, los más seguidos, todos los jóvenes estudian el idioma Irlandés desde pequeños, aunque luego no se hable tanto (un poco como pasa con el Euskera). Y así. Por otra parte, como es sabido, todo nacionalismo me causa sarpullidos; cualquier patriotismo, por muy "defensivo" y "lógico" que sea, me provoca unas ganas irrefrenables de vomitar, ya que no dejan de parecerme algo cañí, cerrado e intolerante. En resumen, al final me satura un poco ver tanta Irishness por ahí, te acabas hartando de tanto mito celta, tanto Leprechaun de los cojones, tanto trébol y tanto arpa.


Un "¿Sabías que...?" en toda regla: Guinness tenía registrado el diseño del arpa, así que en las monedas tuvo que utilizarse al revés. Curioso. Nos lo dijeron en la fábrica de cerveza. Autobombo, claro.

Afortunadamente, todo este asunto me ha creado un par de anécdotas como mínimo curiosas, y que pueden llegar al extremo de hilarantes, según la sensibilidad y el sentido del humor del lector hacia los temas de los que hablamos.

Una noche, un chavalín de no más de 15 años, que estaba practicando skateboard en la calle mientras bebía vodka con sus colegas, se mostró realmente agradecido cuando supo que éramos españoles, ya que les "habíamos defenido al luchar contra el ejército inglés". Yo no sabía ni de qué cojones hablaba (una vez más, fiel al libro de estilo del blog, no he considerado necesario documentarme), pero debía de ser algo de hace tiempo, porque hablaba de flotas, armadas y rollos de esos que le molan al Pérez-Reverte (si algún lector lo sabe que lo apunte). En cualquier caso, yo pensé que me importaba una mierda, porque ni yo estaba en esa batalla, ni él entre los rescatados, así que no había deuda alguna.

Otra noche, yo le solté a un chico precisamente todo este rollo anterior del exceso de nacionalismo, incluído lo de que en parte me parecía lógico porque han estado mucho tiempo a la sombra del Reino Unido y blablabla. Él me contestó que no sólo eso, sino que todavía seguían a la sombra del Reino Unido, y para que yo lo comprendiera mejor, me aseguró: "un poco como Cantalunya con España".

Finalmente, otra tarde en un pub, un hombre considerablemente borracho empezó explicándonos las provincias de Irlanda y acabó preguntándonos por Franco y cantando el himno nacional español (el de ahora). Ya pensábamos lo peor, cuando nos soltó de repente que él era anarquista, socialista y comunista (curioso refrito), y empezó a proferir insultos hacia nuestro antiguo caudillo. Pero lo mejor estaba por llegar, cuando, su colega, igual de borracho, me preguntó que de dónde era. Yo le dije que de Burgos, "un sitio entre Madrid y el País Vasco". El tío se emocionó con lo último y le tuve que confesar que había pasado casi toda mi vida en el País Vasco. Acto seguido, soltó la pinta de cerveza, irguió la espalda, me extendió la mano (yo le correspondí con la mía), aclaró la voz y dijo: "Encantado. Queréis la libertad, como nosotros".

Como el lector habrá deducido, verme identificado con semejante maraña de sentimientos nacionalistas de todos los colores me causó graves problemas psicológicos y de identidad, por lo que, para demostrar que no nos casamos con ninguno y, por supuesto, también a modo de terapia, añadiré una última apreciación sobre ellos: QUE LES DEN POR CULO A TODOS.

Nota: mañana (o algo más tarde) llegará la parte 2, dedicada a un asunto tan interesante como la religión. Esto promete, amigos.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Caspa radioactiva


El miércoles, tras varios meses fuera de casa por los respectivos erasmus, David y yo nos reencontramos y nos dedicamos a hablar de la religiosidad polaca, de la universidad, de viajes que no realizaremos nunca pero que nos gusta planificar, de un cheque cultural que da el gobierno de Patxi López o de cómo fracasamos en los idiomas. Vinimos a cumplir lo que son las Navidades cuando estás fuera; volver a estar con gente que hace un cierto tiempo que no ves.

En ese grupo de gente podemos incluir a la familia, esa parte más cercana a cada uno, que es capaz de llamarte un viernes a las 00 al móvil de Alemania porque el que escribe estas líneas lleva sin dar señales de vida una semana y les interesa saber si, al menos, aún sigues con vida. Además de cariño, comprensión y comunicación, la familia también es capaz de proporcionarte otras cosas que, de no ser por ellos, serían inalcanzables. No hablo sólo de la educación o de la posibilidad de comer pescado tras verme durante tres meses prácticamente privado de ello. Me refiero también al acceso a determinadas perversiones que mi estimada abuela me permite, como leer la más fascinante revista del panorama nacional: el ¡Hola!.

Cabe preguntarse cómo una persona octogenaria como mi abuela, que ha sobrevivido a una guerra civil y una postguerra y cree firmemente en Dios, pueda desarrollar una confianza tan grande en la prensa rosa. También cabe preguntarse cómo yo, que ni he sobrevivido ni creo en nada, puedo sentir una atracción tan grande por el ¡Hola!. Puede ser el mundo casposo, pseudoelitista y superficial que muestra lo que me hace Navidad tras Navidad (cuando aparece bajo el brazo de mi abuela) hojearlo de forma obsesiva. Puede también que sea la forma en que está escrito, con un lenguaje meloso y falso. No es descartable que lo que me enganche sea la frivolidad que desprende. En cualquier caso, me plantearía seriamente si me doy asco, si no fuera porque hay gente que ve series como Física o Química o escucha El canto del loco con absoluta devoción.



Como eje principal de la publicación está nuestra querida Familia Real. Todo gira entorno a Letizia. Princesa cercana al pueblo y sensible cuando corresponde. En otras ocasiones, sólo para alabar su forma de vestir y hacer de ello algo principal, adornado con adjetivos como "moderno" o "veraniego". Por supuesto, cuando habla de ella, no se dice que pueda tener problemas de peso (¿anorexia?), cosa que la prensa europea trata con normalidad al mencionarla o que mis compañeras de piso (Francesa&Alemana) me preguntaron en una ocasión.

Obviamente, que los royals jueguen un papel importante, no deja de lado a otros famosos. Son estupendas las entrevistas en las que alguien se sincera, al estar todas guiadas por el mismo principio: cuanto mayor sea el dinero que el entrevistado recibe, mayor será su sinceridad. Que la relación entre verdad y dinero es directamente proporcional, es algo que aprendes con el ¡Hola!. Por si quedaba poco claro su papel formativo, hay que mencionar también su importante rol a la hora de permitir conocer ciertas celebraciones elitistas y con contenido altamente machista como las puestas de largo. Sirven para presentar a la sociedad (sic) a una chica (de familia bien, claro) y mostrar que ella ya está en edad casadera. La fulana en cuestión posa con varios vestidos y se le hacen preguntas no excesivamente elevadas tipo: ¿Tienes novio?¿Qué piensas ser en el futuro?

El ¡Hola! era hasta el momento completamente en color salvo un par de hojas. Eran las páginas de sociedad y en ellas aparecía lo más tradicional y putrefacto de la sociedad española. Señoras sexagenarias (mujeres de) que montaban un mercadillo benéfico, bodas de empresarios, presentaciones de nuevos comercios, bautizos de familias poderosas. Todas esas noticias sociales tenían un punto común: se trataba de personas que pagaban por aparecer demostrando opulencia y poderío, lo cual, junto al blanco y negro de la sección, venía a dar una plena sensación de que efectivamente estábamos ante lo más rancio del país. Representaba un quiero-y-no-puedo. Por eso, a poco alto que fuese el nivel de hijoputismo del lector, encontraba aquello como la mejor parte de la revista y se regodeaba en la mediocridad de los que salían allí. Todo eso fue hasta hace poco, que decidieron, al fin, colorearlo dando de esta forma un cierto toque de modernidad y legitimidad a toda la caspa que se exhibía. Craso error, los que leemos y disfrutamos la revista por pura perversión no nos merecemos algo así.

Fotos: La primera corresponde al escritor del que David se compró un libro con el cheque de Patxi y que ha escrito los relatos que estoy leyendo ahora. We love Anagrama. La segunda imagen corresponde a un número especial que el ¡Hola! dedicó a los gorilas.