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domingo, 7 de febrero de 2010

LA SOCIEDAD DEL SUPERMERCADO. CAPÍTULO II La lucha de clases.


A poco que lo examinemos, caeremos en la cuenta que el Erasmus es un elemento más de la sociedad low cost. De esta manera, viajamos y nos metemos todos los días en la página de Aire Ryan para descubir nuevas ofertas con las que hacer turismo pagando poco. Nada más llegar y encontrarnos con nuestra habitación desnuda, acudimos a IKEA para comprar aquello que echamos en falta porque sabemos que allí los muebles son baratos. Lo cual tiene una consecuencia concreta: la lámpara Duderö, perteneciente a la multinacional sueca, está en todo dormitorio de estudiante que se precie. Más aún, influenciado por esta corriente de bajo coste, acudí uno de los primeros días de mi estancia en Alemania a Mayersche, librería-centro comercial de Colonia, donde compré "Nada" (Carmen Laforet) porque me apetecía leer algo en español y su precio era más bajo que otras novelas. El resultado fue digno de lo low cost; barato y decepcionante.

La concepción low cost del mundo se lleva también al supermercado. Los propios alemanes entendieron esto bien desde hace ya bastante tiempo. Los hermanos Albretch crearon una cadena de tiendas donde se puede comprar productos básicos a precios muy baratos ¿Cómo lo hicieron? Se ofrecían pocas cosas y no se cuidaba mucho la presentación. Han conseguido de esta manera colocar a su empresa, Aldi, entre las más pujantes del sector y ser ellos parte de las mayores fortunas de Europa.

Rajoy, como buen gallego, prefiere los pimientos de Padrón que venden en el Lidl.

El tema de la compra alcanza una importancia nada desdeñable al irte de casa cuando, indignado, descubres que la nevera no sólo no se llena por sí misma, sino que además es tu responsabilidad ocuparte de lo que en ella hay. A diez minutos de mi casa se encuentra un Lidl, que es esa cadena de supermercados también low cost y que comparte el espíritu ya citado de los Aldis. La mayor parte de los productos son realmente baratos, como las tabletas de chocolate Milka de oferta a 55 céntimos. Al ser en Alemania la preocupación por el medioambiente mucho mayor que en España, se ha desarrollado la etiqueta verde, respetuosa con el entorno natural. Hay así huevos ECO puestos por gallinas concienciadas con el crecimiento sostenible. Son estos productos ecológicos los únicos en los que el precio se sale un poco de lo normal.

El supermercado tiene también importancia desde el punto de vista formativo cuando acudes a él acompañado. Aprendes así que los polacos miran con puritano escepticismo (quizás razonado) los productos light: desconfían del queso light y de la leche desnatada. Además, si yo estaba profundamente ilusionado y maravillado con los yogures alemanes (siento una especial pasión por el de tarta de queso con trocitos de naranja), ellos han contribuído a que semejante imagen idónea se desmorone: los yogures polacos son mucho mejores. Punto final a cualquier debate que se pueda suscitar al respecto.

Como afirmaba, el precio y la proximidad del supermercado, son los criterios que guían mis compras. Lidl manda. Al haber contribuído la inauguración de un Eroski en mi barrio de Valladolid a la cohesión social, nunca me habían planteado que el gastar en un sitio y no en otro pudiera conllevar diferencias sociales significativas. En realidad, esa muestra de ingenuidad duró hasta que un día, volviendo a mi casa alemana, me econtré en el metro a una erasmus inglesa que me explicó que a ella jamás de los jamases se le ocurriría ir al Lidl. Haciendo gala de una de las grandes aportaciones británicas al mundo, el clasismo, me explicó que eso era para los de la clase baja y que ella, que pertenecía a la middle class, se iba al REWE; esa tienda que hay cerca de donde vivimos, donde hay mayor oferta, orden, limpieza, los precios son más altos y, sobre todo, es improbable que aparezca alguien de la clase baja. Esa tienda donde el tomate frito es mucho más caro que en cualquier otro sitio.


Rajoy, como buen defensor de la clase media, promete una bajada del precio del tomate frito para cuando sea Presidente del Gobierno.

Lo cierto es que, no conforme con lo anterior, me dijo que en Inglaterra también hacía lo mismo. Que aunque tenía una tienda cerca de su casa, prefería recorrerse dos kilómetros y medio cada vez que iba a hacer la compra para no coincidir con aquellos que tenían menos recursos. Obviamente, yo no tenía la intención de herir su autoproclamada pertenencia a la clase media, ni de dar ejemplo, ni de nada. Por eso no le dije que en mi barrio vallisoletano gitanos y no gitanos no sólo gastamos en el mismo sitio, sino que además comemos en el mismo modelo de plato proporcionado por Eroski. A fin de cuentas, con regodearse en lo que estaba contando era suficiente.

Nota marginal: Los exámenes han forzado que escribamos menos aún que de costumbre. Pero no se preocupen, a partir de ahora lo haremos con más frecuencia y si no, ya nos inventaremos una excusa suficientemente buena con la que cubrirnos.

Fotos: Lámpara en cuestión. Líder de la oposición haciendo de verdulero en las otras dos. Bueno, en la última en realidad está dando un discurso.

jueves, 21 de enero de 2010

LA SOCIEDAD DEL SUPERMERCADO. CAPÍTULO I Eroski logra el socialismo.


Jerzy Buzek es un señor polaco de 69 años con pelo blanco y que, inicialmente, fue ingeniero químico de profesión. Probó el chocolate por pimera vez al finalizar la II Guerra Mundial, cuando un soldado se lo ofreció. Tuvo el privilegio de estudiar en Cambridge y de allí se llevó varios libros que en su país estaban prohibidos. Actualmente es presidente del Parlamento Europeo. Según lo que él y cualquier persona de su nacionalidad afirman, la Iglesia católica jugó un papel importantísimo, no sólo para liberar a su país de la dictadura comunista a la que estaba sometida, sino también a la hora de aglutinar a las masas y dar una sensación de movilización y unidad social.

Unos cuantos kilómetros más al sudoeste, en Francia, la escuela cumple una función educativa y, además, se pretende que cumpla un objetivo como es el de la mezcla de clases y que ello contribuya a un sentimiento de pertenencia a una sociedad. Para realizar este propósito hay un mapa escolar que obliga a los alumnos a inscribirse en los colegios más próximos a sus casas. Ciertos sectores del Partido Socialista Francés ven en esa carta la plasmación de varios principios republicanos y a cada mención de reforma de la misma, ponen el grito en el cielo.

Extrapolando estos dos elementos aglutinadores sociales (iglesia y escuela) al barrio donde vivo de Valladolid, podemos proclamar el más absoluto fracaso de ambos. Ya desde un punto de vista estético supone la parroquia un atentado contra la dignidad (idea con bastante influencia del cristianismo, por cierto). Si observamos quién va a las misas, comprobaremos que la edad media es alta tirando a muy alta, pese a que mi estimada abuela pretenda convencerme diciéndome: "si está llena de guajes como tú, fíu" (eso en teoría es bable). Que la juventud española no es la polaca, para bien o para mal, es algo que he aprendido tras varios meses de erasmus en Colonia con varios amigos de allí.

El papel de la escuela republicana francesa de fraternité, igualité y de mezcla de clases tampoco se cumple en mi barrio completamente. En el instituto público al que fuí coincidíamos todos, sí. Pero sólo los que íbamos allí. Hubo padres que o bien porque confiaban en que su hijo estaría más cerca de Dios si lo llevaban a los Hermanos Maristas, o bien porque simplemente no querían que se juntase con gitanos, huyeron de la educación pública. Obviamente, a nadie con un mínimo sentido común, se le ocurriría pensar que la forma en que se impartía la materia o el contenido mismo de lo explicado, iba a ser mejor en los Maristas que en otro sitio.

Fracasadas dos Instituciones como Iglesia y Escuela en lo relativo al aglutamiento y unidad social, cabe acudir pues al Estado. No, olvídese, mejor no. Construyeron un centro cívico pero el ayuntamiento no tiene dinero para abrirlo. Mala suerte, otra vez será. ¿Qué me dice, amigo, de las asociaciones de vecinos? Bueno, es cierto, son voluntariosas, pero organizan fiestas y muy poca gente va (el folklore castellano y yo nos llevamos francamente mal). Nadie se atreve a sacar el orgullo de barrio.




Y sin embargo...¿Podemos decir que es un barrio desangelado, donde no hay un maldito punto común o algo por el estilo, donde a los que viven allí no les une absolutamente ninguna institución clásica de las ya mencionadas? Pues no. Podemos hacer referencia a las pistas de fútbol y baloncesto, pero el verdadero centro neurálgico lo decidieron unos empresarios. Y, para demostrar que los vascos nacen donde quieren, los señores gestores de Eroski-Consumer (antes eran algo similar, ahora no sé. El libro de estilo de Cerveza Amarga prohibe investigar durante más de cinco minutos) decidieron ubicar hace unos seis años el único supermercado de la zona no en un sitio cualquiera, sino nada más ni nada menos que junto al edificio de la iglesia que, como ya he comentado, lesiona la muy cristiana Dignidad, la vista y el orden estético. De tal forma que los feligreses pueden ir a misa el sábado, aparcar el coche en el parking del establecimiento y de paso hacer la compra para toda la semana. Religión y capitalismo nunca se llevaron tan bien.

No contentos con hacer que el supermercado fuera el centro del barrio, el lugar donde confluímos todos, el verdadero y único elemento algutinador, los señores de Eroski-Consumer se dedicaron a repartir platos de cerámica durante las primeras semanas tras su inauguración. Todo a modo de promoción. ¿Qué consiguieron? Que TODOS los de la zona, cualquiera su clase social (alta, media o baja), gitanos o no gitanos, inmigrantes o de donde fuesen, acabásemos con el mismo modelo de plato entre las estanterías de nuestro hogar: de barro, pintado de blanco y con adornos azules. Por eso, si usted acude a cualquier casa de Huerta del Rey, verá que todos tenemos la misma vajilla.

En realidad, lo que Eroski-Consumer consiguió fue algo muy distinto. Lograron algo que ni siquiera se habían planteado: uno de los principios del socialismo más puro y duro, la homogeneización social y sensación de grupo a través del supermercado y de la vajilla. Y el capitalismo y la cerámica, unidos por una empresa vasca, realizaron lo que ni la Iglesia, ni la Escuela, ni el Estado, ni las asociaciones de vecinos ni nadie había logrado hasta ese momento.

Nota Marginal: Llegará la segunda parte, pero pedimos paciencia porque son malas fechas y a veces nos toca hasta estudiar. Sí, sí, yo también lo encuentro indignante, no hace falta que me lo digan.
Fotos: Un señor de pelo blanco, también polaco, pero que no es Jerzy Buzek. En la segunda foto, vajilla como la de Eroski pero que no es la de Eroski.