Mostrando entradas con la etiqueta Microrrelatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microrrelatos. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de agosto de 2009

Pueblo


El día que Úrsula Cueto puso al pueblo en los periódicos sólo se enteró el párroco. Hasta ese momento, al menos en lo material, era un sitio como cualquier otro. Tenía su plaza de ayuntamiento, un bar donde la gente jugaba al mus y quedaba tras la jornada de trabajo, una iglesia románica que había resistido a dos incendios y un mercado, instalado los jueves, donde las mujeres como ella compraban y arrastraban sus cestas mostrando lo frescas que eran las lechugas que acababan de adquirir.

Existen aspectos menos materiales y más de tipo espiritual que distinguen a unos sitios de otros. El pueblo se caracterizó por el cura, que era especialmente indulgente con los pecados y tenía la extraña virtud de acortar los sermones y hacer menos duraderas las misas, lo cual era muy agradecido por los múltiples fieles que cada domingo acudían a sus homilías. Realmente, nunca se supo muy bien si iban por la brevedad o por la devoción sentida hacia la imagen de la virgen del lugar, a la cual se le atribuía la salvación del templo en las dos ocasiones en que estuvo bajo las llamas.

Algo también propio del pueblo fue el haberse mantenido al margen de las páginas de sucesos de La Voz, el periódico regional de tirada semanal. Las únicas referencias que se encontraron en la hemeroteca eran relativas a la peatonalización de las diversas calles. El ruido y el polvo que aquello levantó, fue motivo de protesta para varios vecinos. Y eso lo sabía bien el marido de Úrsula, que por entonces era alcalde y salió bastante cansado de ello. Quizás ahí comenzaron sus relaciones con el alcohol y los problemas en la familia.

El día que Úrsula Cueto puso al pueblo en los periódicos, corrió a confesarse ante el cura. Confiaba en él. Flexionó ligeramente su rodilla y, con voz grave y resignada, dijo que lo había hecho porque ya no aguantaba más. La noche anterior su marido había bebido más de la cuenta en el bar de la plaza. Al llegar a casa, gritos, heridas, golpes. Y ella, como respuesta, se había limitado a darle un uso distinto al picahielos. Aunque de eso no se enteraron los habitantes hasta unos días después, cuando leyeron las páginas de sucesos de La Voz.


Fotografía: Cristina García Rodero. La confesión.

Nota Marginal: Cristina García Rodero es, desde junio de este año, la primera fotógrafa española de la agencia Magnum. Del 27 de agosto al 27 de septiembre habrá en Valladolid una exposición con parte de su obra. Más información aquí.

martes, 30 de junio de 2009

Hospital

Mis tres familiares estaban allí. Quizás, al principio, un tanto cohibidos, pero lo cierto es que su visita vino a rescatarme de la soledad de aquella sucia habitación de hospital.

Papá me preguntó qué tal me encontraba, si me daban de comer bien y si la atención era la adecuada. Como yo tampoco fuí muy expresivo, decidió hablarme de cosas que a mí no me importaban demasiado, pero me ayudaban a salir del más puro hastiazgo. De esta forma, temas como su puesto de trabajo (trabajaba en una oficina), el mal estado de las carreteras o las contínuas derrotas de su equipo de fútbol, ocuparon una buena parte de nuestro tiempo. Al menos, así fue hasta que mamá le interrumpió bruscamente, cosa que yo le agradecí bastante. Lo hizo para entregarme unos regalos, algo no previsto: un libro y unos bombones. Resultó ser lo último de J.M. Le Clézio. Nunca sentí una gran afición por la novela francesa, pero cualquier cosa para distraerme era buena.

Mamá era más agradable, jamás la hubiera imaginado así. Me dijo, con gran dramatismo, que aquellos días habían sido muy duros; me había echado mucho de menos. Habló de sus amigas y de lo poco obediente que era mi hermana. Y ahí estuvo el momento de mayor tensión, algo que yo ya había previsto. Se enzarzó con papá en una discusión que no llevaba a ninguna parte sobre la educación que nos estaban dando. Pese a que, desde mi punto de vista, ninguno de los dos tenía demasiada razón, me era entretenido. Así que asistí a ello como el simple espectador que era, comiendo los bombones.

Como la cosa no iba a ninguna parte y llevaban un buen rato así, hablé con mi hermana. Ella lo hacía realmente bien. No se preocupaba demasiado por las discusiones. Fue bastante sincera diciendo que quería salir de allí cuanto antes, que la atmósfera de los hospitales nunca le había gustado. Me dí cuenta de que no teníamos demasiados temas en común, quizás por encontrarse en una etapa quinceañera.

Y en esas, advertí de que ya había pasado la hora. Antes de volver a sumirme en la soledad de mi habitación, les dí un fuerte aplauso. Me había gustado la experiencia. Aquellos actores eran realmente unos profesionales.